Acabo de cumplir 34 años desde la primera vez que tuve el honor de representar a miles de gaditanos en la Corporación Municipal de Cádiz. En todos estos años, como es lógico, he vivido situaciones de todo tipo en mi vida política y más concretamente en el Salón de Plenos de nuestro Ayuntamiento, que acoge a la asamblea soberana de la ciudad y donde tengo en mi haber miles de debates, con más o menos fortuna, según el tiempo y el momento.
Siempre procuré conducirme con la educación y respeto que recibí de mis mayores en la vida y, muy especialmente, en aquellos actos que son para un cargo público y para una ciudad de trascendental importancia. Así lo hice el 13 de junio de hace dos años, cuando me correspondió por edad, tal y como manda nuestro ordenamiento jurídico, entregar al nuevo alcalde el bastón de mando de la ciudad.
El bastón de mando es un símbolo más de las corporaciones locales españolas, así como de la de otros países de tradición similar. Representa el poder de quien lo ostenta en la dirección de un gobierno o de una entidad. Pero como símbolo que es puede ser interpretado de muchas maneras. Nuestro alcalde –en mi opinión- lo ha hecho de la peor forma posible; creyendo que es un palo con el que atizar a diestro y siniestro y no el bastón donde debe sostenerse una gestión digna de quien representa a todos los gaditanos: los que lo votaron y los que no lo hicieron, que fueron muchos más y pudo comprobarse cómo quienes habíamos ganado las elecciones éramos orillados por la venganza y el desprecio de otros que su única misión era echar a quienes gobernaban hasta ese momento.
El alcalde, sin embargo, comenzó ese mismo día a utilizar ese bastón para sacudir a quienes no pensaban como él. En su discurso de investidura sacudió a aquellos que habíamos dirigido por voluntad de los gaditanos (y una muy amplia voluntad) los designios de este ayuntamiento durante 20 años. Al salir al balcón sacudió el ánimo de aquellos que habían acudido y, como de costumbre llamados, a la puerta del ayuntamiento guiados también por el odio y a vomitar fuentes de desprecio, no a celebrar legítimamente una victoria de la estrategia política (pues no fue una victoria electoral) sino a escupir, amenazar e insultar a los que habíamos cumplido con nuestra obligación de representar a los gaditanos tantos años. Algo que no podré olvidar, pues sólo tenían la misión de echar como fuese a quienes legítimamente habíamos ganado las elecciones y otros, por miedo a no pactar, prefirieron doblegarse a darle un voto a quien luego les insulta y los amenaza.
Y desde entonces hasta ahora, no ha parado de sacudir a todos aquellos que por una u otra razón no comulgan con el credo podemita. Al principio, fue con los funcionarios de esta casa que llevaban más años incluso que yo mismo. Si creían que no eran de su cuerda, palo y a un despacho a mirar papeles. A la prensa, cuando critica algo de su gestión, palo ya vetarles la publicidad. A las asociaciones de vecinos que no entraron por el aro de su modelo de participación, palo. A la oposición, si no le aprueban los presupuestos, palo. A los hosteleros, si no les gusta una ordenanza, palo. A las peñas, si no le gustan las propuestas sobre el carnaval, palo. A las ninfas, las quitamos con un palo. Las banderas que tienen que mantener el palo, las cambiamos de colores, aunque parezca una tintorería. A todo aquello que en la ciudad era historia del PP, palo. Claro, hay que recordar que el acalde es heredero de aquel anarquista que tuvo el Cantón de Cádiz y ese es su único espejo para engañar a tantos que se creyeron que venía el “salvador de Gades” y hoy está enterrando todas las promesas que por su incapacidad y su ignorancia no es capaz de llevar a cabo.
No fue ese mi deseo hacia el alcalde ese 13 de junio, cuando le hice la entrega simbólica de la Alcaldía de mi ciudad a González Santos. Le deseé lo mejor para él sabiendo que eso también sería lo mejor para Cádiz y es consciente de que se lo dije cuando le entregué aquel bastón y hoy, dos años después, lamento profundamente que no entendiera que aquello era un bastón de responsabilidad, respeto y cariño para todos los gaditanos y no un palo.
Han pasado dos años y ya este equipo antisistema que “volvía en las visitas con dinamita” se le ha acabado la mecha. No tienen ideas, no poseen iniciativas. La ciudad, en dos años, está más sucia que nunca, las calles, como dicen algunos forasteros están empercochadas. El populismo se ha hecho cargo de nuestra cultura y todo lo que huele o ha hecho el gobierno del PP hay que tirarlo y destruirlo y claro, las cañas, querido Alcalde, se te están volviendo lanzas; tus promesas se han quedado en el limbo y la gente te ha calado. Cádiz no es la misma y a los dos años las bonitas palabras y rebuscadas de la comparsa no sirven ni para la emergencia social ni para los desahucios que con tanta demagogia defendías. Ya te has puesto la corbata, te has colocado el terno, te montas con chofer en tu coche y no hablemos de tu sueldo en Diputación que no es precisamente el Salario Mínimo. Es decir, eres la inseguridad sobrevenida, por lo que si ves que no puedes continuar, devuélveme el bastón que seguro que alguno/a de los restantes 26 Concejales sabrá guiar los destinos de una ciudad que cada día se deteriora más por tu culpa y la de tu equipo.
Así, no llevas a Cádiz a ningún destino, querido José María.