En los tiempos que corremos y donde la crítica destructiva es abundante por algunos sectores de la sociedad civil, parece como si el ser cofrade y comprometerte fuera un acto de unos pocos a extinguir, cuando los que tenemos en nuestro ADN el incienso del cofrade estamos plenamente encendidos, porque cada Semana Santa nos reencontramos con nuestra memoria individual y colectiva de participar en la Semana Grande que tiene nuestra ciudad.
Los cofrades no tienen por qué tener miedo a nada. Tenemos que aceptar el encargo de ser esas personas que rompemos el silencio y que luego nos comprometemos con todo aquello que rodea nuestro sentir cristiano. Por eso, cada año ponemos nueva ilusión para que desde el Domingo de Pasión hasta el de Resurección, cultivemos de forma sencilla los valores que nos enseñaron nuestros progenitores y viendo a nuestros Cristos y Vírgenes desfilar por nuestras calles tengamos el convencimiento no sólo de vivir una Pasión, sino de comprometernos con nuestro ejemplo para que esta bendita locura (como algunos lo llaman), de participar en una cofradía, sea el arrebato para que podamos ver de cerca el sentirnos realizados con nuestros Titulares y nuestras hermandades.
Yo experimente desde pequeño mi Semana Santa con mi Cristo de la Piedad y mi Virgen de Las Lágrimas. Serví como buen hermano, portando cirio, insignia; o sirviendo a mi cofradía en compañía de grandes cofrades del Martes Santo y de mi devocional feligresía, sintiéndonos todos hermanos en la mirada de nuestra Virgen de Las Lágrimas. Han sido muchos los años que he impregnado de mi particular incienso a quienes me han rodeado. Me eduqué en el seno cofrade de la Compañía de Jesús. Allí aprendí la disciplina de la Legión de Loyola y me dejé transmitir por todo un caudal de devoción donde me contagiaron de esta bendita cofradía quienes me pusieron a trabajar y a vivirla todo el día y teniendo como referente el horizonte de la vida cofrade y ello, en amor a este Cádiz en el que nací y para el que he vivido y viviré siempre; porque no ceso de quererlo en cada rincón, en cada esquina, en cada plaza, en la evocación que cualquier símbolo de esta ciudad me transmite y en el amor a la Semana Santa que admiro y quiero, pues para eso me formé en ella. Posiblemente nos vean a los cofrades entre el arte y la liturgia, lo divino y lo sacro, lo pagano y lo cristiano, la vida y la muerte, la música y el silencio, pero todo eso tiene un componente importante como es también el entregarnos por los demás, el involucrar a los jóvenes cofrades y pese a la plasticidad de la Semana Santa, ver en esas imágenes el ejemplo de lo que es la vida, de cómo una madre lucha por un hijo y cómo un hijo se entrega por un interés general para salvar a tanta gente que se encuentra apática y sin horizontes.
Los cofrades tienen bolsas de caridad, pagan recibos de luz y agua, emprenden con Cáritas proyectos importantes, al encargar la cera o las flores dan trabajo a mucha gente. Los tambores y la música también participan y se ven realizados con un salario, personas que confeccionan túnicas, capirotes, bordados, orfebrería y un largo etcétera que gracias a las cofradías también pueden llevarse a la boca un salario digno aunque sea por una semana. Es decir, tiene el cofrade un contexto de valores espirituales y terrenales que aunque incomprendidos encajan perfectamente en la sociedad del siglo XXI.
Desde mi blog deseo a todas las cofradías gaditanas lo mejor para el 2014. Aún vibra en mis venas el sentir de aquel pregón del Bicentenario, donde lo hice comprometido y comprometiendo, pues para eso tuve la suerte de ser pregonero en el 2012 y por eso quiero seguir viviendo de aquel pregón del siglo XXI.
Con mis mejores deseos para el mundo cofrade de Cádiz, os envio un fuerte abrazo.