El blog de José Blas Fernández

Un laboralista del siglo XXI

EL CENTRO

     Debe ser por aquello de que los cuerpos encuentran su natural equilibrio si se ciñen a su centro de gravedad, o puede que sea la tendencia a sentirnos siempre en medio de todo. Lo cierto es que el centro acaba por tener la presencia o el recuerdo y el rastro de todo lo que nos ocurre. Este año –también- la primavera hizo su estallido principal en el centro de nuestra mirada. Mientras Adolfo Suárez instaba el último consenso, esta vez en torno a su figura, su personalidad y su obra política, también en el centro geográfico y político de este país, que es Madrid, la protesta demandante de dignidad circuló por sus calles con una muy numerosa participación y un epílogo lleno de violencia. Bueno, las marchas o marcha de la dignidad circularon en cierto orden -sin servicio de orden- y un número indeterminado de participantes corrió con la cuenta de los destrozos y las agresiones a los postres. El estribillo repetido por muchos separa una de otra actividad y, desde luego, los protagonistas de la agresiva despedida fueron solo el diez por ciento de los manifestantes, más o menos. Muchos, de todos modos, dos o tres mil –dicen-, más de los esperados. El objetivo: destrozar el centro. Una combinación de acción física agresiva y violenta imposible de justificar y una carga política llena de simbolismo. Mostrar la protesta y ejercer la violencia contra el mobiliario urbano de Madrid capital -centro político del país-, emprenderla contra la policía -centro de la defensa y salvaguarda de la legalidad y el orden institucional-, tildar de ilegítimos a los miembros de las Cortes Generales  –centro de la soberanía nacional- o el Gobierno –fruto de ese ejercicio democrático de soberanía- y descalificar la Constitución –centro del acuerdo, máxima expresión de la voluntad popular y Ley de leyes-. O sea, esta reivindicada dignidad quiere ocupar el agujero en que sus integrantes han querido –quieren- convertir el centro, que es nuestro modelo constitucional de convivencia. Sustituir las urnas por la mano alzada, el debate de los parlamentos por las asambleas callejeras, el orden y el concierto occidentales por el atronador populismo de un grueso vocerío colectivo que disponga y administre al estilo de la actual Venezuela. Fuera parlamentos, gobiernos, señores de negro o gris, fuera techos de déficit o pago de deudas, muchos fuera y osada ignorancia, a ratos voluntaria y por momentos inevitable. Sin duda los comunicados, el empuje y la dirección final de los marchantes de la dignidad han desconcertado a algunos moderados de izquierda que les recibieron con un cierto y preventivo agrado que ha acabado por resultar injustificado.

     Durante años el centro significó el espacio más deseado. Adolfo Suárez, desde la Unión de Centro Democrático, ganó las primeras elecciones y también las siguientes. El PSOE, de la mano de Felipe González, hizo lo propio –ganó- alzándose como el gran partido de centro izquierda nacional. Alianza Popular se refundó en el Partido Popular en un confesado proyecto de centro derecha, decidido a transitar hasta el centro político, ganando en 1996. Zapatero también se acercó al centro con fugacidad en su victoria de 2004 (“talante” le llamaba). Todos lo han hecho o intentado y cuando han dejado de la mano ese espacio imaginario central, invariablemente, han perdido las elecciones, ya estuvieran en el gobierno o en la oposición.

     Todos podemos tener sensaciones de frustración, instantes de decepción o hasta desesperación por motivos individuales o colectivos, por la marcha de acontecimientos o situaciones de dificultad. Ello nos hará necesariamente más exigentes, menos contemporizadores con los presumidos autores de decisiones erróneas, más vigilantes y más escépticos. Aunque, a poco que las nubes en el horizonte dejen pasar algún rayo de sol, intentaremos en todo momento ofrecer nuestro esfuerzo y mejor disposición a las más óptimas posibilidades de crecimiento y bienestar. Mientras,  a los lados algunos moverán sus brazos y alzarán sus voces,  pero no convencerán a esa inmensa mayoría que no quiere hacer de la algarada y el sobresalto ni el medio ni el fin de nada.

     Si hay un catorce por ciento más de turistas, o el empleo crece aunque aún con indeseada timidez, o se cumple el objetivo de déficit a falta de una décima y propios y extraños nos animan o felicitan por la buena marcha de acontecimientos económicos que aún nos cuesta reconocer, hay espacio para esperar que nuestras dudas y hasta nuestras quejas se apaguen o lo hagan un poco. Sin unanimidades ni falsas o imprudentes euforias, sin inmerecidas puestas de confianza, atentos y críticos, sujetos activos con voto y voz para salir adelante. Si el Tribunal Constitucional (aparte de alguna aseveración prestidigitadora sobre el derecho a decidir) da un unánime carpetazo a la consulta soberanista de ese gran náufrago de la democracia española que es Artur Mas, es que en el plano más nítidamente político también las novedades llegan y mejoran nuestras expectativas.

     Los días de luto de estado, su causa y la remembranza de los hechos y la consecución de logros han servido –sirven- para valorar todo lo que hemos conseguido, lo que los acontecimientos nos han enseñado y la validez y vigencia de la Constitución para afrontar este tremendo reto de hoy y muchos otros que vendrán. Hoy sabemos que no hay un agujero en el centro, que están la moderación y la tolerancia y todo lo que más importa, la garantía de la convivencia en paz y las mejores posibilidades de bienestar y progreso.