Desde la entrada de la Democracia, los españoles no sólo atravesamos con dignidad una transición, sino que confiamos plenamente en ella, la cual nos había abierto las puertas para tener una convivencia pacífica, unos valores dignos para convivir inclusive con los países de la Unión Europea y dar una imagen a toda la sociedad en su conjunto de que sabíamos hacer las cosas bien y tener un rumbo de prosperidad y de entrega en la vida pública para desarrollar todo ello con seriedad y sosiego.
Han pasado una docena de legislaturas, y salvo las primeras que yo diría que se pueden aglutinar en unas diez de ellas, los parlamentarios sabían con su oratoria subir a las tribunas de las dos Cámaras Legislativas y exponer con decencia y con respeto, todas aquellas proposiciones que tanto quien gobernaba como quien era oposición, una vez pasada por la criba de las votaciones se ponían en practica y se ejecutaban los acuerdos plenarios. Al principio de estas legislaturas los debates siempre fueron servidos con pasión donde cada orador o parlamentario defendía con beligerancia muchas veces las mociones o proyectos que llevaban, pero pocas veces los Presidentes de las Cámaras llegaron a expulsar a ningún parlamentario como consecuencia de su mal hablar o de su no saber estar en el seno de la Soberanía Nacional.
La ciudadanía veía a ese político que formaba parte de un parlamento como alguien que estando en ese órgano legislativo, representativo y colegiado de un estado nacional, luchaba en un sentido amplio para que fuera comprendido en su exposición y fuera interpretado en la justa medida de lo que quería y trataba de convencer a quienes no estaban de acuerdo con la tesis de su exposición, para lo cual existían Presidentes o Presidentas serios para que quien se saliese de la dinámica parlamentaria lo llamaban al orden y con respeto se le solicitaba retirar inclusive frases malsonantes, porque podían dañar tanto el honor de parte de ese Parlamento, como de ciudadanos que en ese momento no estaban allí presentes. Pero la situación se ha ido descomponiendo y hoy tenemos dos Cámaras Legislativas que están asimiladas a una taberna llena de gente sin principios, donde el insulto, el menosprecio, el ataque personal y la desfachatez en la oratoria ha llegado a límites insospechados, pues estamos viendo cómo se ha deteriorado el Congreso y el Senado y cómo la carrera de los insultos es la más preciada por quienes están sentados en sus escaños. Es decir, una cantidad de respuestas frívolas y de poca educación están convirtiendo a todo un parlamento democrático en esa taberna donde insultar y faltar al respeto es lo más usual que tenemos. Es más, los propios miembros de la bancada azul, como es el Gobierno, también se han apuntado a esa carrera de falta de respeto que ya los ha hecho a todos iguales y por los medios de comunicación estamos viendo cómo algunos y algunas se retan indiscriminadamente en “yo más que tú” y lo que menos existe es un serio parlamentario con conocimiento de la materia que defiende y con esa sabiduría propia de quien se sienta en un escaño representando al pueblo español, pues vivimos sesiones de todo tipo donde parece que el que mejor insulte, amenace o ridiculice es el más bravo para defender lo que sólo termina en alborotos, aplausos, pitidos y abucheos. Es decir, casi podría decirse que en la propia taberna vulgarmente conocida hay más respeto que en estos parlamentarios donde algunos no merecen ni el sueldo que ganan y están desprestigiando sin darse cuenta o dándose cuenta al resto de serios parlamentarios y personas que se están dejando la piel, pero que en el bullicio no se les ve.
Para colmo, en los últimos meses, estamos viendo cómo las presidencias de las Cámaras se dejan llevar por los partidos que ahí las han puesto y permiten que de forma soez, el parlamentario vulgar, atrevido y sin escrúpulos campe por sus respetos, porque ni es amonestado, ni es reprimido y menos una llamada al orden y ya expulsarlos sería una raya en el agua.
En definitiva, la vida pública está destrozada, no existen personas con oratoria que convenzan a nadie y quienes la tienen son despreciados y luego se les ataca de forma personal y nunca se rebaten los argumentos que defendía. Por tanto, si el Parlamento hoy es un circo de insultos y no se consigue más que un enfrentamiento entre las personas, nuestro sistema parlamentario está haciendo aguas y tenemos que reformar algo que por sí solo está pidiendo a voces que se cambien las formas, pues si alguno creyó que ser parlamentario es ser un vendedor de feria, que vuelva a su casa, que se busque un trabajo y, al menos, en su anonimato sabrá tener vergüenza cuando se vea en los videos y reportajes de cómo se comportó en los hemiciclos, ya que con ver sus distintos episodios de sus intervenciones puede comprobar la bajeza en que algunos hoy han caído.