El blog de José Blas Fernández

Un laboralista del siglo XXI

CRISTOS VIVOS Y CRISTOS MUERTOS

         Desde mis inicios de Cofrade, siempre pensé que los Cristos Crucificados eran los que  más atractivos para el cristiano tenía en sus pensamientos, porque  la Cruz que soportaba el Cuerpo Muerto de Jesús te atraía un pensamiento profundo de lo que significaba quien entregando todo por nosotros había dado su vida clavado en ese madero.  Tanto era así que en nuestra Semana Santa,   los Crucificados que ya habían expirado en la Cruz tienen para muchos  la mirada penetrante de quien lo contempla y el silencio absoluto de quien te escucha y sabe lo que estás pidiendo.

         Al crecer como Cofrade, diariamente en la Iglesia que me hizo formarme como tal, regida por los Padres Jesuitas y aún con su propio nombre que conserva  como es la Iglesia de Santiago Apóstol, solía  acercarme a diario a esa capilla del Santísimo Cristo de la Piedad, donde desde  esas rejas que mantiene delante  y lateral de la misma, observaba  cómo  quienes le pedían  a ese Cristo  sus aspiraciones y le hacían sus promesas lo contemplaban durante largo tiempo como si esperase que Él les hablase. Si embargo,  en mis quehaceres de Cofrade y en especial  en mi etapa de Mayordomo de la cofradía la cual fue larga, tuve un contacto físico y  muy directo  con los Titulares de mi Hermandad y tanto en los momentos de subir al paso dicha imagen o cambiarle la Cruz,  porque era distinta la que mantenía en la capilla con la del desfile procesional,  miraba fijamente a esos ojos cerrados y observaba que en el silencio de la imagen era yo el que hablaba, pero ese Cristo muerto me escuchaba. Todo me fue cambiando cuando en la Cofradía creamos  un Cristo vivo que procedía de una antigua imagen de San José, al cual denominamos Cristo de la Humillación, quien sin estar en la capilla pero en un altar lateral de la Iglesia, tenía muchos más devotos que el propio Titular de la Cofradía y esa pregunta me la estuve haciendo durante años, porque para mí el Titular representaba  la muerte de Jesucristo y lo que significaba a su vez vencerla  y resucitar para siempre. Pero no,  seguía contemplando que el Cristo vivo es decir, ese Cristo de la Humillación, se reservaba para Él mayor número de devotos porque con su túnica y sus manos amarradas esperando la Sentencia  que se le iba a dar, tenía una mirada penetrante y así la sigue teniendo, como si desde el altar en el que se encontraba te estuviera escuchando y te estuviese diciendo que cuanto  se le pedía era de tú a Tú. Por eso,  pude observar  en ese silencio existente  delante de su imagen  cómo las personas y principalmente sus devotos le tocaban los pies descalzos, se santiguaban y le pedían todo aquello que necesitaban. Es más, recuerdo que cuando dejó de salir en procesión, muchas personas  depositaban a sus pies  con leyendas  en papeles  doblados  y  con letra temblorosa las peticiones que hacían para que les  fueran atendidas. Es más, mientras que recogía el dinero de aquellos cepillos para el sustento de la Cofradía  y de ayuda a los  más necesitados, llegué a escuchar conversaciones en voz alta con aquel Cristo que nunca podré  olvidar, pues  mientras  que al Cristo muerto de la Piedad se le rezaba y se le pedía a sus cinco llagas  todo aquello que uno creía necesitar, al Cristo vivo se le hablaba y las peticiones sobre la salud, el trabajo, el futuro y la familia era algo  tan a diario que recuerdo a decenas de personas que con la promesa  por cumplir  allí en aquel altar del Cristo vivo pasaron diariamente  para que les diese la fuerza suficiente para todo aquello que necesitaban y de camino encendían aquella velilla que dejaba el recuerdo mientras no se consumía de lo que profundamente  le habías dicho.

         Por eso, es curioso que siendo un Cristo igual que el otro, pero con escenas de la Pasión distintas, perece que los Cristos vivos tienen más aceptación y admiración que el Cristo muerto y eso lo comprobamos en las distintas imágenes de nuestra Semana Santa, cuando el paso con sus cargadores transcurre por la calle, es más fácil ver cómo con el Cristo  muerto hay un silencio y una petición de ayuda interna, pero con el Cristo vivo, la mirada a los ojos y a esa escena de tantas como tenemos en nuestras imágenes  que desfilan a diario hace que  la propia penitencia a veces sea  más densa y fuerte la de los Cristos vivos que la de los Cristos muertos. Y no quiero aquí hacer comparaciones. Podría hacer un recorrido por los Cristos  Nazarenos, Santa Cena, Afligidos, Humildad y Paciencia, Salud, Columna, Ecce-Homo y tantos otros que reciben  más admiración que  aquellos Cristos muertos,  que tal vez por pensar que ya entregaron sus vidas por nosotros y que marcharon a la Casa del Padre, sólo nos queda  la resurrección como el trayecto más importante de la Semana Santa. Es más, hay Crucificados también vivos, con la mirada hacia el cielo y también esos Crucificados vivos tienen más aparente devoción que los Crucificados muertos.

         Todo esto para un cristiano no significa más que  pararnos  en la trayectoria de la Pasión y Muerte de Jesucristo  y a veces olvidarnos de su vida pública, de sus parábolas y de tantos recuerdos  de su tiempo en la tierra como relataron los evangelistas, pero tenemos que estar seguros que Cristos vivos o Cristos muertos son nuestro ejemplo a seguir y marcarnos  en nuestras vidas  aquello de que quien lo ha seguido y lo sigue siempre tendrá esa  eternidad prometida, pero no pararnos solamente en ese culto externo, tenemos que vivir como cristianos  las controvertidas etapas en la que estamos, socorrer el  prójimo,  no distinguir  al pobre del  rico y hacernos hermanos de verdad  sin envidias, sin rencores y  demostrando a diario,  no sólo en Semana Santa, que pertenecemos a una cofradía  que solamente se vive en el día de su salida procesional. Son tantas las obligaciones que detrás de un cofrade existe  que no tendría sentido  olvidar que durante todo el año tenemos que estar con el Cristo resucitado  que  es lo más importante del cristiano.