Es habitual que la sociedad civil de nuestros días llame empresario a esas personas que, bajo la tutela de unas relaciones laborales, poseen en sus plantillas a trabajadores o empleados que para unos son explotados laboralmente hablando y para otros son esa gente que sacan adelante con su esfuerzo y trabajo al denominado empresario y que sin el sudor de estos trabajadores, esa empresa no saldría nunca adelante. Es decir calificativos para todos los gustos y según de quien proceda y quien los maneje. Hoy, tenemos que diferenciar entre el empresario autónomo y el de las multinacionales que, en cualquier momento estos últimos levantan el “chiringuito” de donde están ubicadas y se marchan bajo el manto de un ERE a otro lugar más adecuado para tener rendimientos y sin ningún dolor de su corazón, pues suelen ser personas jurídicas, dejan todo un lastre socio-económico y sus trabajadores los lanzan al denominado desempleo, porque las expectativas que les hicieron instalarse para su viabilidad no han sido concluyentes para su economía. Dicho esto, todos conocemos este tipo de empleadores que en nuestra geografía han surgido muchos como hongos, que cuando el mercado económico no les ha dado sus frutos y fines se han ido como “perdigones de escopetas” y “si te vi no me acuerdo”, esparciendo por doquier las secuelas de esa marcha, incluidos los concursos y quiebras en los Juzgados de lo Mercantil.
Pero no quiero hablar de ese tipo de empresarios; quiero hablar de ese que hoy se llama emprendedor, que es ese autónomo que todas las mañanas abre su negocio o actividad profesional con un socio llamado “Hacienda”, entre otros. Es decir, que muchas veces casi todo lo que gana tiene que distribuirlo, como mínimo, entre el pago de la Seguridad Social, el IRPF, la nómina del empleado o empleados que tenga, el Impuesto del IBI, el de circulación de vehículos por tener un triste automóvil para repartir, luz y agua, IVA y un móvil como mínimo para llamar a los proveedores y para pagarles con dinero por delante porque si no, no te sirven ni una cabeza de ajo. Este empresario que muchas noches no duerme y que tiene que adaptar su negocio o profesión a las necesidades de los clientes es el que para poder obtener una jubilación el día de mañana paga al RETA su Seguridad Social sobre la base mínima de cotización, cosa que su empleado cotiza según convenio colectivo del sector y al final de los días de la vida laboral el empleado tiene más pensión que el empleador y no olvidemos que éste que se llama empresario tendrá que tener mucho cuidado en no ponerse enfermo ni accidentarse, pues ello conllevaría poner a otro en su lugar y cotizar doblemente o cerrar mientras tanto la actividad, para que cuando se recupere y vuelva a la misma, quizás se lo coman las moscas.
Desgraciadamente, estas empresas denominadas pymes o micropymes son las que crean en nuestro país más del 80% del empleo y lo hacen con cariño y entrega, incluyendo a su familia y exponen permanentemente su patrimonio personal para que en los días bajos de esos negocios, esos días de lluvia, de finales de mes y el bajo consumo que ha dejado la crisis del 2008 hasta nuestros días, puedan equilibrar ese presupuesto para que sus socios llamados “hacienda” y “Seguridad Social” cobren puntualmente, pues de lo contrario el peso de la Agencia Tributaria y la visita, a menudo, de la Inspección de Trabajo puedan comprobar que todo se hace bien, pues de lo contrario pueden dar con sus “huesos” en un triste embargo y de llegar ésto, por ser empleador ni siquiera tendrá el desempleo que sus trabajadores sí van a solicitar y percibir. Por eso, nuestra sociedad debería tener en cuenta que la palabra empresario no es igual para todos. Es verdad que hoy ese autónomo aumenta por la necesidad de introducirse en el mercado laboral y porque no se tiene otra cosa, pero no es lo mismo ser trabajador que ser este tipo de empresario que, como te descuides un poco, solo lo quieren para pagar y a duras penas llegar a final de mes. Habría que buscar fórmulas para no ser tratado de la misma manera un empleador que tiene hasta cinco trabajadores u otro empleador que pasa de los veinte, porque laboral y fiscalmente el tratamiento es el mismo y llamar a uno empresario cuando prácticamente es un negocio familiar y su horario es de sol a sol es hacer un poco el ridículo. Por eso, cuidemos su entorno, ayudémoslos con tratamientos fiscales de acorde con la realidad y veamos tras la lupa que igualar a esa figura es querer mirar para otro lado. Hoy el emprendedor autónomo de corte bajo debería hacérsele, al menos, un reconocimiento por no decir un monumento, pues gracias a ellos este país sale al paso día a día de la economía, pero no nos olvidemos que con una competencia desleal y una economía sumergida, como muchas veces se le hace haciendo nuestras compras incluso por internet, los estamos condenando al ostracismo en todas sus facetas. Y ahora, que se presentan nuevas elecciones, dejemos de lado esas promesas que no se pueden cumplir y pensemos en lo más importante, la creación de empleo, facilitar a los autónomos un mercado próspero y revisar seriamente el fondo de pensiones porque se atisba que la longevidad puede poner en entredicho el pago de estas, ya que no puede ser normal que hoy algunos tenga más vida de pensionistas que de vida laboral.