El blog de José Blas Fernández

Un laboralista del siglo XXI

CADA VEZ HABRÁ MENOS VOCACIÓN EN LA POLÍTICA

         Cuando acabó la dictadura y comenzamos los españoles a vivir esa transición política en la que pusimos todas  las esperanzas del cambio, la generación de la época acogió con deseos esa transición, pero a la vez, con ese miedo propio de quienes vivieron situaciones  desafortunadas y de que la libertad  podíamos volver a perderla si no hacíamos las cosas bien.

         Quienes empezaron a acudir  a la política lo hacían con cierto respeto, pues  siempre la sociedad civil les pasaría factura de aquél antes y aquél después que ya era una realidad y  acudieron  personas con ideales   de izquierdas   y de derechas y apareció un centro para que,  de alguna forma allí, como un cajón desastre, pudiesen entrar quienes no querían  denominarse de otra manera que no fuera ese  tibio nombre. Por eso, empezaron a aflorar partidos políticos, unos históricos de siempre y otros  suaves en su discurso y tal vez no convencidos de su final, pero siempre dentro de un marco en el que todos,  sin excepción fuesen madurando el devenir  de lo que se atisbaba y, a la vez,  el superarse en todos los proyectos que  iban a cambiar España. Los Ayuntamientos se llenaron de Concejales de uno u otro color, pero respetuosos, trabajadores, convencidos de la defensa de sus ciudadanos  y con un respeto a quien se encontraba enfrente, porque tarde o temprano, también algunos harían ese papel y desde 1979 ser Concejal era un prestigio para quien ostentaba dicho cargo, era un orgullo representar a tu ciudad y era una vocación de hacer las cosas por los demás y cada uno también  simultaneaba su profesión o trabajo con ese cargo público, porque  no se cobraba para poder vivir de la política y lo que siempre se tuvo claro es que volver luego al finalizar tu mandato, lo era a aquél trabajo que tenías o a aquella profesión que ejercías. Había curriculums brillantes y serios de cómo cada miembro corporativo era  lo que era, es decir,  la profesión que tenía  y se les llenaba la  boca   siempre de  decir que estaban accidentalmente en esa vida pública, pero  su trabajo era el sustento de su familia y  lo que nunca podrían abandonar; de hecho en mi dilatada vida pública he conocido Concejales de todas las profesiones, todas dignas y de trabajos  que a veces simultanearlo con la política te costaba grandes disgustos para tu profesión y tu familia,  pues en la empresa o  en tu colectivo profesional  no entendían cómo,   si te gustaba ser político,  no dejabas el resto de todo lo tuyo, lo cual era un verdadero sacrificio. Igual  ocurría en las Cortes Generales, donde grandes profesionales de la medicina, del derecho, de la ingeniería, del periodismo o del funcionariado  y de los profesionales de  oficios se sentaban,  entre otros, en  escaños siempre para defender  el interés general de España, pero  nunca olvidando ni sus orígenes ni su profesión ni su puesto de trabajo que era lo que,  en definitiva,  les habían hecho estar  en ese sitio y sabían que en él tenían que terminar su vida laboral.

         Sin embargo,  cuántos políticos que agotaban su tiempo o sus mandatos  y luego volvían a su vida profesional siempre les quedaban  el recuerdo del compañerismo, del respeto y de la educación de quienes le acompañaron en su trayecto, pese a no pensar como ellos y  pese a las lógicas y controvertidas disputas,  siempre dentro del ámbito político. Es decir, ser político era vocacional y no  una profesión. Todo lo contrario de lo que está hoy ocurriendo, pues se  quiere vivir de la política   en exclusiva y ya no quieren a los profesionales  en la política;  sólo tenemos que ojear el actual panorama existente, pues esto  ha cambiado por los que,  sin ser nada, tienen carisma, imagen y timbre de voz, pero  más huecos que una hucha vacía, pues  ni tienen profesión, ni saben estar  y  en una gran mayoría, llenos de odio y en continúa batalla de cloaca, desprestigiando al adversario político, insultándolo o pensando  cómo se levanta por la mañana para eliminarlo de  ese contexto en el que vive y con  auténtica descalificación para  no dejarle hacer  política, solo daño y desprestigio, acudiendo a plenos para agitar y extorsionar los debates que es hoy la forma de escalar y de tener el pesebre permanente   para que  obedeciendo a los “jefes y oficiales” del partido siéndoles fieles a sus consignas se aferran a un escaño para percibir un buen sueldo  y, si es posible,   con mejores complementos para cotizar a la Seguridad Social por su aparente trabajo y, cuando terminen de la política percibir el desempleo, así como  procurar pasar el tiempo   para que no haya un cambio  de la  estructura piramidal de su  partido y así no dejen nunca de  una  u otra manera ese medio de vida que ya   no es vocacional.

         La situación actual es insostenible. El político está desprestigiado, la corrupción y el pesebre que se ha creado hacen que la sociedad civil lo  desprecie, no hay credibilidad, las promesas de campaña están para no cumplirlas y, por supuesto,  la  obediencia, aun cuando esté equivocado quien dé la orden, debe ser férrea y lo peor es cuando  se callan la  boca, miran para otro lado y su única preocupación es cobrar a final de mes.  Qué distinto es el panorama actual en política de aquellos de los años 80 y 90, donde se trabajaba a cambio de nada y donde tantísimos políticos van  hoy por la calle con la cabeza muy alta de su trabajo realizado y dejan constancia de que su paso   por esa política de entrega y trabajo les sirvió para saber  que han cumplido con creces lo que se propusieron e, incluso, tener amigos que perduran en el tiempo y de otro color político.  Hoy existe la profesión de político y no profesionales en la política. Hoy,  el que más chille  y más insulte es quien cree que sube en el escalafón  y cuántos políticos de laboratorios se han creado para,   saltándose todo ese escalafón que existe en los partidos de gente trabajadora y entregada, ponerlos  en puestos de salida solamente porque  el “jefe” o dirigente del momento sabe que no le hace sombra y lo tiene cerca y a buen recaudo de  hacer lo que se le indique y, por supuesto, votar en los plenos aunque no sepan de qué trata el asunto.

         Ya se  acabaron aquellos Concejales que eran personas de una trayectoria en su ciudad. Hoy no  hace falta ni estar empadronado en la ciudad donde  vas a ser Concejal y no hablemos de la democracia interna de los partidos, porque entonces aún es mayor el desencanto  y,  para colmo, si esto hubiese marchado y  funcionado,  la ciudadanía miraría  para otro lado, pero  ante los escándalos y la vergüenza de no constituir un Gobierno para llevar adelante a un país lleno de dificultades, hace que la credibilidad en la política no exista ni se crea en ella. Por tanto, cambiemos el sistema, tengamos pronto un Gobierno serio para modificar en las Cortes Generales  aquello que ya ha quedado obsoleto y aprendamos de nuestros errores, pero lo que hoy se vive  demuestra claramente y es palmario que cada vez hay menos vocación política y buscar a un buen político para formar una lista es  buscar una aguja en un pajar, porque ni quieren ni desean pertenecer a una casta que desgraciadamente la hemos destruido. Hoy,  ser político es tener el adjetivo de corrupto y vividor, por lo que no se está en la política por vocación, se está por notoriedad  o por dinero y  de aquellos inicios políticos donde el porcentaje más alto de los cargos eran profesionales de prestigio, hoy solo encontramos mediocres, asesores analfabetos colocados a dedos, periodistas sin título y, por supuesto amigos del sistema, sin olvidar los fracasados y personajes que  han sabido “mover el rabo” para que su amigo de turno  los coloquen en puestos de confianza. Así nos va y la sociedad, sin darse cuenta,  ha excluido de la política a los mejores. Por eso, las promesas electorales  según de quien vengan, convertirlas en realidad será todo un milagro.