En estos momentos, los países desarrollados atraviesan grandes crisis que les hacen tambalear su sistema económico y todo lo que significa tener mayor calidad de vida, siendo los más poderosos los que ya empiezan a sufrir no sólo una crisis de valores de conjunto, sino que la propia población está tocando en muchos casos grandes problemas que están rozando el umbral de la pobreza.
Europa empieza a resentirse y a tener que buscar soluciones para poder combatir no sólo la guerra de Rusia y Ucrania, sino buscar métodos más convincentes y, por tanto más necesarios para que toda la población pueda hacer frente a la situación que en estos momentos padece y más aún cuando el euro está siendo una moneda que pierde fuerzas frente al dólar y la crisis energética del mundo también está creando tantas desigualdades que no se sabe cómo esto va a terminar. Sin embargo, mientras los países desarrollados van buscando medidas para paliar sus necesidades, nos olvidamos que existe un tercer mundo que no sólo se muere de hambre, sino que como consecuencia de esta crisis mundial, a ellos los deja aún más deprimidos en todos los conceptos y principalmente en la economía y sus necesidades básicas. Nos miramos el ombligo pensando que el mundo está solo alrededor nuestro y que la sociedad de consumo tiene que aumentar su calidad de vida a costa de lo que sea, lo que hace que las ayudas que podamos enviar a esos países pobres ya casi ni les llegan y el índice de vida de los mismos se está cortando porque no tienen los elementos básicos para subsistir.
Me viene todo esto a colación, porque en esta semana y concretamente el domingo 23 de Octubre, los católicos celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), algo que viene desde el 14 de abril de 1926 y que parecía y sigue pareciendo que son como unos “muñequitos” de colores en función del continente al que pertenecen y que en unas históricas huchas que nos repartían en los colegios y que con una limosna y unas colectas ya quitábamos el hambre en esos países, pero no, esos países se sustentan no sólo de esa necesaria ayuda que podamos darle, sino de hombres y mujeres que han dejado sus orígenes en países desarrollados para convertirse en misioneros y entregar sus vidas por aquellos que lo necesitan. De hecho, la valentía de los misioneros enroscados en la fe y el amor a los demás, es lo que hace de alguna manera que millones de hermanos nuestros, donde no importa la raza ni el color puedan tener un poco de alegría, ayuda y comprensión de quienes habiendo dejado todo se abrazan a esas millones de cruces que andan por el mundo. Tanto como criticamos a la Iglesia y tanto como la adulteramos de hechos para hacerle daño, gracias a ella y a tantas órdenes religiosas que se auto-exportan a esos países para trabajar por los demás, el mundo va teniendo un poquito de mejor color.
Los misioneros enseñan, curan, ayudan y animan a los más desvalidos. Si lanzamos una mirada por el continente africano, americano o asiático, donde se encuentran las poblaciones más desfavorecidas, siempre veremos a esos misioneros que tienen raíces con escuelas y colegios, hospitales, ambulatorios, lazaretos, protección de los menores, ayuda a las mujeres desfavorecidas y niñas que pierden su virginidad por unas cuantas monedas, nos daremos cuenta del papel que en esas misiones hacen quienes se entregan por algo a cambio de nada. De hecho, un total de 10.893 españoles entre mujeres y hombres ayudan a los más necesitados y a la vez anuncian el Evangelio en 132 países de los cinco continentes, donde más de la mitad de ellos son mujeres y en su mayoría religiosas. Por tanto, si hacemos una estadística, podemos observar cómo el 55% de estos misioneros se encuentran en América, siendo Perú, Venezuela y Argentina los países que más españoles reciben. Luego, le sigue Europa, donde hay un 13,83% y África con un 11,22%, sin olvidar Asia, con un 6,37% y Oceanía con un 0,35%. Así que no olvidemos este domingo, porque ellos sin nosotros no pueden continuar con su labor, por lo tanto, seamos generosos pese a nuestras dificultades en esos donativos que todos reciben a través de “obras misionales pontificias” para que esas cantidades puedan seguir ayudando a ese fondo de solidaridad que nos llevará hasta esos hombres y mujeres que están viviendo en ese tercer mundo donde hay tanta insolidaridad, sufrimiento, injusticia y desgracia humana.
No dejemos pasar este domingo sin ayudar y hacer un esfuerzo para tantos y tantos hermanos nuestros que aun cuando sean de distintas religiones, están atendidos por quienes lo dejan todo y siguen el camino de Cristo para hacer mejor a tantos seres que la desgracia, el hambre y la falta de ayuda los pulveriza y por decenas mueren diariamente de hambre y enfermedades.
Mi felicitación a tantos y tantas misioneras que se entregan a diario por tantos pueblos llenos de necesidades y socorren sin limitaciones a muchos de nuestros hermanos que sufren permanentemente, pues su consuelo y su presencia nunca será olvidada y desde aquí mi abrazo y reconocimiento por tanto como saben hacer y están haciendo mientras los que tenemos de todo, creemos que el mundo de ellos no existe para nadie.