En estos días se han puesto en marcha todas las redes sociales, grandes superficies, televisiones, prensa escrita y un sinfín de comunicadores para decirnos y recordarnos que ya estamos en Navidad. Estas fiestas que tienen un origen cristiano, ya han dejado de estar impregnadas de lo que siempre fue y hoy en minoría, vemos esos nacimientos de figuras preciosas y llenas algunas de tristeza donde aparecía de forma lejana la Estrella de Oriente que guiaba a unos Reyes denominados Magos que iban a adorar al Niño Jesús que nacía en Belén, con el incienso, oro y mirra.
Tras esos nacimientos donde el corcho era la simulación de las rocas y los riachuelos movían las aguas de los molinos, se veía a decenas de pastorcillos, una mula y un buey y tantos personajes de la época que junto con carretas y animales formaban ese entorno ante una nacimiento lleno de paja para que María y San José se convirtieran en padres aquél 25 de diciembre. Es decir, todo un entramado de papel y cartón-piedra que nos trasladaban a Belén para ver el nacimiento del Niño y muchos lo rehacen también hoy en Belenes vivientes.
Todo este panorama se repite cada año y quienes ya cumplimos edades maduras tenemos impregnado en nuestra retina todo un acontecimiento inolvidable, porque si los nacimientos siguen estando dentro de las familias creyentes, no es menos cierto que otros adornos navideños o árboles de navidad y otros motivos de estas fechas, llenan nuestras calles hasta que culminen en esas cabalgatas de Reyes que con menor o mayor coste económico tirarán caramelos por doquier y harán de muchos niños la ilusión de esos regalos que esperan el día 6 de enero.
Ello hace recordar a quienes ya somos abuelos cómo era nuestra infancia, pues con mayor y muchas veces con menor presupuesto económico, nos reuníamos alrededor de una mesa quienes formaban parte del núcleo familiar inamovible que era todo un ejemplo de trabajo y de sacrificios, pues según la década de cada uno, el derroche o ajuste de aquellos presupuestos hacían de la Navidad una película inolvidable que dejaba huellas para siempre. Algo insustituible.
Antes, no faltaba en la mesa aquél famoso pavo que alguien compraba o tenía la suerte de que se lo regalaban para que la matriarca de la familia se llevase días precedentes a la cena no sólo guisando aquél plato indispensable, sino que aportaba con sus manos la masa que días antes había sudado para convertirla en pestiños, sin olvidar la famosa botella de anís o de coñac que el patriarca junto con la famosa caja de polvorones así como el insalvable turrón blando y turrón duro nos hacía más dulce el entorno de la cena y aunque tocásemos a poco era el colofón de aquella fiesta y de los días posteriores, porque había que dosificar el manjar que no se saboreaba durante el año, porque no era habitual.
Todo ello tenía un color admirable, pues el abuelo no sólo contaba sus batallas de la vida, sino que ya los que se iban incorporando en aquella mesa de familia también aportaban todas las simpatías y vivencias y se cantaba un villancico para que animando la fiesta se estuviera durante horas en aquella reunión que ya no volvería a repetirse hasta el año siguiente y todo hasta la hora de dormir. Pero la vida continúa en ese tic tac del reloj. Ya en los años posteriores iban dejando el sitio vacío quienes nos precedían en su salida hacia el infinito. Llegaban los años de añoranza, de echar de menos a quienes partieron hacia un nuevo camino y de llorar a quienes no estaban con nosotros porque la Navidad no perdona y les había dado de baja del censo familiar.
Todo esto es un reflejo de la propia vida. Es el reflejo de las generaciones que nos han precedido y de las que continúan, por eso, en este momento donde la Navidad nos detiene para reflexionar, tenemos que recordar que aquél Niño que nació entre pajas sigue existiendo en la realidad. Hay millones de niños que mueren de hambre al día, que no tienen ni el calor del buey y de la mula y que casi sin ropa pasan hambre y frío en muchos países del tercer mundo, donde su calidad de vida es ínfima y donde no tienen una mesa para poder poner lo más esencial para comer en la familia. Eso es la Navidad, es el reflejo de unos con muchos, otros apretados en su economía y otros que no conocen siquiera lo que es llevarse a la boca un triste polvorón, por lo que en estos momentos tenemos que pensar que somos privilegiados, que tenemos necesidades cubiertas, un servicio para la salud que nos ampara y nos ayuda, unas residencias de mayores y otros un sueldo para subsistir y para tener lo más esencial. Por eso, miremos a esa Estrella de Oriente que guiaba a los Reyes Magos para que nos lleve a tantos portales de Belén como hay por el mundo y que cuando brindemos en nuestras mesas sepamos y pensemos que otros no poseen ni luz para verse la cara y saber que en otros lugares del mundo se tira el dinero, se compran armas y se destruye a la humanidad, pero los que tienen las mayores carencias de la vida mueren a diario por no poder llevarse nada a su estómago y no pueden decir como nosotros que la Navidad es Paz y Felicidad, porque ellos ni la tienen ni esperan nada.