El siguiente artículo es de mi amigo Alejandro Muñoz-Alonso, que me ha permitido transcribirlo en mi blog, lo cual se lo agradezco desde estas líneas.
«Los separatistas catalanes no tienen buen tino a la hora de elegir sus fiestas “nacionales”. Lo de su diada del 11 de septiembre pertenece al orden de las macromelonadas, porque una nación que lo sea de verdad celebra sus victorias, nunca sus derrotas. Una derrota, además, que ni siquiera lo fue, porque en aquella fecha de 1714 el único derrotado fue un tal Carlos de Habsburgo que pretendía ser rey de España, incluida Cataluña. Y nadie pensó en una hipotética secesión porque allí solo se dilucidaba la sucesión…al trono de España. ¿Qué celebran entonces los nacionalistas en esa fecha?
Pero el 11/S se ha convertido en una fecha clave de la historia contemporánea, no por aquel lejano suceso que, si persistiera una pizca de seny nadie se sentiría inclinado a celebrar –como, muy probablemente, aconsejaría un redivivo Casanova- sino por el 11 de septiembre de 2001, fecha trágica de los salvajes atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y contra el Pentágono de Washington, que dieron sin duda un vuelco a la política del siglo que empezaba y alumbraron la nueva amenaza del fundamentalismo islámico y sus brutales métodos, contra la libertad y todos los valores de Occidente.
Algo parecido ocurre con el 9 de noviembre, que esos mismos separatistas presentan como un hito decisivo en el camino hacia la independencia de nunca acabar y nunca llegar. Podrían trasladar la diada a esta otoñal fecha que, al menos, tiene alguna conexión con ese utópico objetivo, que es evidente que apoyan una buena –y atolondrada- parte de los catalanes, aunque no se lo hayan pensado mucho. Otra vez el evaporado seny. Hay muchas maneras de suicidarse y hay bien conocidos casos de suicidios colectivos, desde el de los ratones del cuento del flautista de Hamelin, hasta los de esas sectas que deciden la eliminación en masa de sus crédulos e ingenuos seguidores.
Suicidios inducidos todos ellos por los chamanes de la tribu, como el que invitan a auto-perpetrarse a los catalanes sus actuales caciques nacionalistas. Por cierto, casos todos estos en los que, casi siempre, los inductores se salvan de ese sombrío destino colectivo. Muchos de los gerifaltes/brujos de esas sectas que culminan en el asesinato colectivo prefirieron esperar el momento de llegar al Más Allá, enviando a sus seguidores/víctimas por delante. Ellos ponen pies en polvorosa y desaparecen. Porque la eutanasia siempre es para los otros. Y, que se sepa, el flautista de Hamelin no solo no se tiró al abismo con sus ratas sino que fue al ayuntamiento de la localidad a cobrar una buena pasta por sus servicios. Una habilidad ésta, de sacar pasta a los organismos públicos en las que los nacionalistas dejan chico al famoso flautista, que, el pobre, no tenía cuenta en ningún paraíso fiscal.
Los separatistas consideran un éxito su 9 de noviembre, aunque su triunfalismo no se corresponde con las cifras que ellos mismos dan. Sacar gente a la calle es siempre muy fácil y, en todos, los casos son muchos más los que prefieren quedarse en casa o irse de setas. Solo una tercera parte de los catalanes participó en la fantochada. Personalmente, de esa jornada lo que más me ha llamado la atención es la absoluta falta de gallardía de Mas que, después de haber intentado lavarse las manos como si él no tuviera nada que ver con ese “espontáneo movimiento de participación popular”, cuando vio que había mucha gente haciendo con que votaba (porque esa participación tenía mucho más de juego irresponsable que de votación democrática y con garantías) se apresuró a buscar los micrófonos para afirmar “orgullosamente” que él era el único responsable del exitazo. ¡A ver quién se mete ahora conmigo! No hay registros de ningún dirigente que haya trabajado tanto a favor de sus “aliados”, en este caso de ERC, que en cuanto tengan ocasión le arrojarán al abismo como a las ratas del cuento: “Artur Mas, las ilusiones separatistas, prisiones son do el ambicioso muere y donde al Mas astuto saltan chispas. Y el que no las limare o las rompiere ni el nombre de varón ha merecido ni subir al honor que pretendiere”. (Perdón por el plagio del anónimo del siglo XVI).
Rajoy –que tiene su peculiar estilo del manejo de los tiempos y casi siempre acierta- no ha dicho todavía su última palabra. Pero no para sentarse acollonado a dialogar con los separatistas, sino para aplicar la ley, toda la ley, que tiene una buena panoplia de medidas para el caso. Incluido el artículo 155 de la Constitución, ante el que algunos tiemblan porque creen que sería el portillo de la revolución, pero que, con toda seguridad solo produciría en la gran mayoría de los españoles –incluidos los catalanes que rechazan el suicidio colectivo- la enorme satisfacción y tranquilidad de comprobar que vivimos de veras en un Estado de Derecho, en el que la ley es igual para todos, porque somos una Nación de ciudadanos libres e iguales. ¿Puede dudar alguien que el presupuesto de hecho del citado artículo -“si una comunidad autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución y las leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España”- no viene siendo una patente realidad desde hace muchos meses?
De lo que sí podemos (con perdón, también) estar seguros es de que el 9 de noviembre que pasará a la verdadera historia no será el de esta charlotada (DRAE: “Actuación pública, colectiva, grotesca o ridícula”) sino el que conmemora esa fecha de 1989, hace ahora un cuarto de siglo, cuando cayó el Muro de Berlín. Símbolo de un proceso histórico que puso en marcha la unidad de Alemania e hizo posible también la unidad de Europa, hasta entonces desgarrada por el Telón de Acero, como ha señalado la canciller Merkel. Una fecha, en suma de unidad y reencuentro, en los antípodas del 9 de noviembre de los nacionalistas catalanes, que solo simboliza el odio al compatriota vecino (Espanya ens roba, y resulta que eran los Pujol), la imposición totalitaria, la traumática separación de lo que siempre estuvo unido, la división interna en Cataluña, entre “buenos” catalanes, los independentistas, y “malos”, los traidores que osan sentirse españoles, ¡y encima dicen que son también catalanes! Un disparate que solo se entiende desde la psicopatología colectiva.
Sin quitarle ningún mérito a los berlineses que en aquella fecha se apresuraron a derribar el Muro y pasar al oeste, esto es a la libertad, la caída del Muro de Berlín es el símbolo de un proceso que había empezado antes, en la propia Unión Soviética y en otros países de su bloque, también en la Alemania “democrática” comunista, cuyos ciudadanos se dieron cuenta del engaño al que estaba sometidos y empezaron a pasar al mundo libre por Hungría y Checoslovaquia. En 1986, en Reykiavik, Gorbachov tiró la toalla ante Reagan y su “guerra de las galaxias”, que tenía mucho de bluf, pero que funcionó. En 1987, el mismo Reagan ante la Puerta de Brandenburgo pronunció un famoso discurso cuya principal frase fue: “Señor Gorbachov, tire abajo este Muro”. Todavía en enero de 1989, el líder comunista alemán Honecker afirmaba que “este Muro existirá dentro de 100 años”. Pero en octubre, Gorbachov le advertía que “la historia castiga a los que llegan demasiado tarde”.
En marzo de aquel mismo 1989, Yeltsin había abandonado el Partido Comunista pero no los cargos para los que había sido elegido. El monopolio comunista había terminado. Las convulsiones en el bloque soviético se multiplicaban y prepararon el camino para la caída del Muro, el 9 de noviembre de 1989, que se convirtió en el símbolo de todo el proceso. Unidad, libertad, fin de la imposición totalitaria. Nada que ver con el 9 de noviembre del separatismo catalán que, al final no significa más que uno de los últimos espasmos, por no decir pataletas, de un nacionalismo reaccionario que, en toda Europa, ha sido el responsable de todas las grandes tragedias del siglo XX.
En medio de este teatro del absurdo que han montado los separatistas, la actuación del PSOE y del su referente catalán, el PSC roza los límites del patetismo y del ridículo. ¿No se ha enterado Pedro Sánchez que a los separatistas eso del federalismo no lo quieren ni regalado porque son otras sus aspiraciones? Parecen dispuestos a todas las mascaradas con tal de que no coincidir con el PP. Si Mas trabaja para ERC, estos lo hacen, y con ahínco, para el de la coleta.».